BUSCAR: No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene. ALEJANDRA PIZARNIC

domingo 1 de noviembre de 2009

La noche de las orejas blancas o un insólito sombrero boca arriba



A Cortazar evidentemente.

El Gran Kandrupsky metió la mano en el sombrero sin sentir en ninguna parte la pelusa palpitante y tibia. Exploró la minima profundidad del sombrero con un poco más de detalle; en ese momento el pequeño cóncavo pareció un agujero de kilómetros. La mano de El Gran Kandrupsky recorrió los rincones más alejados, su mano indagó todas las esquinas del paño negro sin encontrar otra cosa más que un vacío inalterado.

Una tos ronca que venía desde la gramilla hizo que El Gran Kandrupsky mirara hacia ese público impaciente que ya comenzaba a removerse entre sus sillas. El auditorio estaba mudo y El Gran Kandrupsky sintió una pequeña gota de sudor que comenzó a deslizarse por su frente, descendió lentamente por el centro para tomar la vía del tabique y desembocar en la punta de la nariz donde se quedó suspendida unos segundos, agarrada con todas las uñas de la refinada punta aguileña que emergía entre un par de ojos verdes y lindaba con un bigote montaraz. La gotita de sudor cosquilleó la nariz de El Gran Kandrupsky con una oscilación frenética antes de tomar vuelo y reventarse en la mesa de madera falsa.

Por inverosímil que parezca, el sonido de la gota estallando logró tocar el oído izquierdo de El Gran Kandrupsky que aun continuaba perplejo con la mano metida dentro del sombrero, buscando al animalejo que por algún azar del destino hoy no estaba allí. Un lagrimita de cristal reventándose, fue eso y no otra cosa lo que escuchó El Gran Kandrupsky antes de despertar.

El despertar fue confuso. El Gran Kandrupsky abrió los ojos y sus pupilas tardaron algunos segundos en recuperar el detalle de la oscuridad. Cuando logró librarse de la ceguera, y pasó totalmente del territorio del sueño al de la vigilia, notó que todo estaba forrado en una tela suave, el espacio para moverse era insuficiente, el lugar era circular y albergaba un aire craso que entraba con dificultad llenando los pulmones de algo que parecía gelatina. La superficie del suelo estaba forrada en paño y era cóncava.

Cuando El Gran Kandrupsky miró hacia arriba la luz sólida de una luna de tungsteno lo dejó ciego, el reflector brillaba en lo alto mientras El Gran Kandrupsky, confundido, miraba hacia arriba, viendo como se asomaban dos orejas blancas que se interponían entre la luz albina y su humanidad, manchando de sombras el interior del sombrero; si, fue justo ahí cuando El Gran Kandrupsky quiso volver a dormir, soñar con ese mundo furtivo en el que era él el que jalaba de las orejas al conejo para sacarlo del sombrero y dejar venir un chapuzón de aplausos que le inundaban la piel. Cerró los ojos apretándolos con el alma y con los puños pero fue inútil, el conejo lo agarró del pelo y lo sacó violentamente del sombrero, afuera un cosmos de ojitos brillantes y orejas blancas inundaba la oscuridad y El Gran Kandrupsky pataleaba en el aire, lanzando puñetazos que se estallaban en el aire sin encontrar objetivo alguno, luchando ferozmente contra el vacío.

jueves 15 de octubre de 2009

La puerta del infierno




Federico Díaz-Granados, en uno de sus poemas, dijo que el poeta hace guardia en la puerta del infierno sin otro oficio más que el de ponerle el canto a los pájaros muertos.

Pero cuando ese desdichado ladronzuelo me perforó la vida a puñaladas y tuve que descender por ese túnel oscuro que hedía a inciensos chinos, en la entrada, no me esperaba otra cosa que una horda de escritores de autosuperación que se abalanzaron sobre mí.





PDT: aparir de mañana voy a publicar un cuentito que viene por entregas, ya que no es muy corto, vendrá intercalado con uno que otro cuento que anda por ahí. Saludos a todos y gracias por esperar.

martes 6 de octubre de 2009

Me acuerdo (entrada para no leer completa)



La idea le encontré en el blog de mi buen amigo Camilo Jiménez, el ojo en la paja. En una entrada apropósito de Joe Brainard. Este ejercicio llega porque últimamente mi pasado ha venido a visitarme constantemente de maneras insospechadas. Que turba de melancolías es el pasado, que gelatina blanda e informe de segundos y minutos que queda atrás.

-me acuerdo de que mi primer beso fue colectivo.

-me acuerdo de que un día me metí desnudo a la nevera vacía para sentir como se sentían los tomates.

-me acuerdo de mi papá parado en la puerta oliendo la lluvia.

-Me acuerdo de que el primer cuento que escribí se llamaba Pepito Pérez tiene orejas de tocino.

-Me acuerdo de la frase que ella me dijo luego de quitarme la virginidad: “tengo dormidos los labios”

-Me acuerdo de que las arrugas de mi abuela me daban miedo.

-Me acuerdo de que a mi tio Pocho le pasó un camión por encima cuando era niño y no lo mató.

-me acuerdo de mis tortugas ninjas organizadas en los estantes.

-me acuerdo del terror que sentí cuando escribí mi primer poema.

-Recuerdo que creía que Diego Bobadilla era bobo.

-me acuerdo de salir a jugar en pijama con avioncitos de papel al calor del medio día.

-Me acuerdo de Juan diciéndome: "Vamos a ser grandes Georgie... sos un crack"

-me acuerdo del olor de la casa de la abuela.

-me acuerdo de los golchips.

-me acuerdo de que mi primera masturbada fue por accidente.

-me acuerdo de un amigo que se llamaba Delfín igual al papá. El papá tenía cara de delfín, pero mi amigo no.

-me acuerdo cuando la niña de la casa 10 atropelló a Yessit y casi le saca un ojo con el freno de la bisi. Un año después se fueron del conjunto.

-Me acuerdo de la primera vez que me embriague, era sábado, y el papá de mi amigo Dani estaba borracho y nos daba whisky. Tenía once años y me caí en una montaña de arena.

-Me acuerdo lo que sentí cuando terminé de leer Dalia y Sasir de Jairo Anibal Niño.

-Recuerdo: "un adulto es un niño inflado por los años"...

-Recuerdo cuando la vi, rubia y mojada paralizándolo todo. El corazón me envió un mensaje que tiempo después entendí.

-Recuerdo el gol de chilena que le metí a los del 603

-me acuerdo de la calle en la que mataron a mi amigo Juan.

-Recuerdo mi primer personaje. La obra se llamaba la piedra de la felicidad. Yo era un mendigo

-me acuerdo de que en los días de sol salía en pantalonera para que mi mamá me bañara con una manguera. Mi Hermana Marcela me echaba el champú.

-Recuerdo la piscina inflable de mi amiga Paola y mis ganas de darle un beso.

-me acuerdo de que el sonido de la válvula mecánica de mi amigo Coco me des concentraba en los parciales de historia.

-Me acuerdo del osito Mañé.

-Recuerdo que mi primera novia me puso los cachos con mi mejor amigo. Él se llamaba Camilo Galindo.

-Me acuerdo de mi papá echándole sal a las babosas.


-Me acuerdo de cuando asustaba a mi hermanita con un cuchillo.

-Me acuerdo del ladrón diciéndome: “yo corro más rápido que usted y tengo un puñal”.

-Me acuerdo del aleteo en mi estomago el día en que me escapé del colegio. Estuvimos casi todo el día subidos en un árbol.

-Recuerdo cuando tomé mi primera foto con la vieja Pentax de mi abuelo. Sentí que algo había cambiado en el mundo.

-Me acuerdo que a mi primera novia la castigaron y yo pasaba todo el día haciéndole visita en la ventana. Las rejas eran blancas.

-Me acuerdo de la nariz de Eliana Rubio. La profesora de español

-Me acuerdo de la fuente del colegio a las cinco de la mañana los primeros días de clase. El cielo estaba oscuro y unos reflectores iluminaban a los pescaditos.

-Me acuerdo de una niña llamada Indra, un niño llamado Andrei y un niño llamado Helmund. Eran hermanos.

-Me acuerdo de los “capalobos”.

-Me acuerdo de que montaba patines y saltaba en una rampa.

-Me acuerdo de la primera vez que gané el mundial jugando Family. Eran las tres de la mañana y no tenía a quien contarle.

-Me acuerdo de las injusticias de Mayo.

-Me acuerdo de las lágrimas de mamá cuando mataron a Galán.

-Me acuerdo que el día del 5-0 la ciudad se llenó de harina. Siempre quise que se repitiera ese día.

-Me acuerdo de la mano de mi hermanita recién nacida, apretando mi dedo meñique.

-Me acuerdo de ese beso. Cuando me acercaba lentamente, luego sentí que el universo se me iba lentamente por la boca. Fue perfecto.

-Me acuerdo que hubo muchas cosas que quise olvidar.

Me acuerdo de todas estas cosas, muy a grandes rasgos. Hay muchas otras importantes que hoy dejé pasar.

viernes 2 de octubre de 2009

Sueño con espermatozoides





Recuerdo que una noche soñé que un manojo de espermatozoides me perseguían con sus garras afiladas listas para asesinarme. De pronto, entré a un laberinto y negocie con un minotauro para que hiciera frente a esas pequeñas criaturas blancas que intentaban devorarme.

No se como salí del laberinto pero al abandonar el panteón vi un árbol en el que envés de frutos colgaban fetos, los fetos parecían dormir y entonces supe que no había peligro: yo no soñaba, era un espermatozoide el que soñaba conmigo.

lunes 21 de septiembre de 2009

Sobre Arthur Strajopsky

Millones de seguidores alababan el trabajo de Arthur Strajopsky, el autor de cuentos de ficción más famoso de la red, sin sospechar ninguno de ellos, que al otro lado de la pantalla, en el sótano de la mansión Strajopsky, yacían los cadáveres de cuatrocientas cincuenta y tres niñas mutiladas. Si se les miraba detenidamente el rostro, todas ellas parecían inmersas en un profundo sueño.


Jorge Andrade Blanco

miércoles 16 de septiembre de 2009

Monologo de ayer a las 12





El silencio había tocado su boca. Por fin. Por fin ella callaba y me dejaba decirle toda la mierda que tenia adentro.

Creo que mis palabras salían un poco rotas, un poco frágiles. Pude decirle que me hastiaba verla borracha, que yo no quería ir a vivir al mar y que detestaba que me dijera como hacerle el amor. Ella miraba fijamente el techo, con la mirada congelada en un solo punto. Le dije que estaba feliz de que por fin era yo el que hablaba y ella callaba, que estaba cansado de sus eternos monólogos, azarosos, y aglomerados de quejas sin justificación. Y que ahora era yo el que iba a abandonarla, si, que ahora era yo el que iba a entrar en la noche sin punto de retorno, sin dejarme jalar hacia atrás por su perfume o su boca o sus nalgas o sus gemidos quebrados y fríos.

Claro, ahora era yo el que me iba y ella iba a quedar en esa cama destendida, con la mirada eternamente clavada en el techo, los labios morados y la carne fría. Le dije que tendría que irme, que ya había hablado suficiente y que me iba antes de que ella comenzara a apestar.

Pero ella no contestó nada, estaba morada y su mirada seguía clavada en el techo.


Jorge Andrade Blanco

domingo 30 de agosto de 2009

Cuento para un ayer




"Porque huir puede llevar consigo más amor que quedarse" (yo).

Antes de la tragedia, mientras empacaba la camisa negra con rayas blancas, Osvaldo pensaba que querer también es tirar la toalla. Las gotas de lluvia habían comenzado a reventar contra las ventanas y el rastro del agua escurriendo llenaba las paredes de cicatrices sombrías, cicatrices que descendían lentamente hasta ser tragadas por una sombra aun más oscura. Ahora sabía que además de tener que abandonarla por amor, lo haría bajo el techo de una noche húmeda. Esa humedad nocturna siempre le había recordado los orgasmos dóciles que de cuando en cuando arañaban las entrañas de Amalia para salir contundentes y violentos, luego todo era humedad, o por lo menos así lo sentía Osvaldo. Pero esas eran otras épocas porque ahora todo entraba en una agonía firme y sin salida aparente. Bueno, si había una salida; huir, transitar la noche sin mirar atrás y sin decir adiós, dejar que su ausencia hiciera que el olvido viniera a lamerles los pies, hacerlo por amor y no por otra cosa.

Desde la sala se oía un llanto dulce. El apartamento había sido inundado por un olor que ni Osvaldo ni Amalia lograron identificar. Ambos pensaron que se trataba de algo esparcido por el otro, nunca preguntaron porque la despedida no es un buen escenario para preguntas sobre olores, pero posiblemente era la misma despedida la que lo llenaba todo con ese aroma arsénico, o el aliento de la muerte que ya comenzaba a llenar todos los rincones.

El último saco que guardó Osvaldo estaba bañado en el perfume de Amalia. Pensó en regalárselo pero se contuvo. Si lo hubiera hecho posiblemente el llanto de Amalia ya no hubiera sido tan dulce, y se hubiera convertido en un vozarrón despedazado, y él la hubiera dejado desfallecer entre sus brazos y hubieran hablado y solucionado lo insolucionable. Pero no fue así.

Osvaldo se paró bajo la luz de la lámpara principal sin saber muy bien que decir. Un temblor inoportuno estremecía su labio inferior. Finalmente dijo lo que ella no quería escuchar: que huir en ocasiones demuestra más cariño que quedarse. Ella no contestó, escuchó la frase sin quitarle de encima la mirada a las gotas de lluvia que afuera se reventaban contra ese cosmos de bombillas eléctricas.

Y fue la última vez que escuchó esa voz pálida. Ella nunca esperó que la huida de Osvaldo fuera tan radical, pues al atravesar esa noche encapotada, mientras se secaba inútilmente las lagrimas de una cara empapada por la lluvia, no logró ver el carro que patinaba en el pavimento intentando esquivarlo.

Jorge Andrade

Texto para un unico lector

Y los segundos dejaban de traernos pedazos de vejez. La detención del tiempo es posible, aunque cuando lo detienes vuela más ligero. Entonces te escondes en una boca, exploras los rincones húmedos de ese país milimétricamente perfecto, mar-avillosamente diseñado, ese océano de aromas dulces.

Y descubres que en cada rincón de su cuerpo se oculta un fragmento de la noche, una ligera sorpresa, un pedazo de belleza contundente. Y podría el corazón dejar de latir y partirías sonriente y sin vergüenza. (¿causa de muerte?... un beso)

Descubrimos que sus lunares también son magenta y que cuando ríe la noche en La Habana es de plata. Que los pequeños fantasmas detrás de sus suspiros nunca son verdes, y que cuando huyen vienen a esconderse en mi garganta.

Y son dos cuerpos sometidos bajo el peso de la gravedad horizontal que los arrastra lenta pero efectiva, dos bocas que se encuentran como dos ciegos que nadan desnudos en un océano nocturno. Y mis ojos cambian de color para ser dignos de su simetría, para sorprenderla un poco y disimular de paso este aglomerado de simplezas.

Los minutos no corrían, las horas no venían a ponernos arrugas, y cuando menos lo esperabas la vez irse, sabes que lleva consigo un pedazo grande de tu cuerpo. El aliento de la noche entonces ya no es frío. Sientes de nuevo esas libélulas inquietas que son fusiladas por el invierno. Y sueñas toda la noche bajo el milagro de su aroma.

viernes 21 de agosto de 2009

Artefacto para acortar las distancias (realmente impublicable # 2)

O advertir la madeja de espinas que tengo atravesada en la lengua.
O entender la “saudade” si me asecha el verano desde todas las esquinas del día.

****

Ayer vino la noche a morir a mi puerta. Yo no tenía vida que darle, solo esto: un manojo de venenos de cobre. Estuve condenado a verla morir sobre mis rodillas; sin cantos, sin sudores, ni siquiera un bolero aquí o allá, simplemente la noche apagándose lentamente, temblando hasta cerrar los ojos.

Pero (por supuesto) no es la primera vez que pasa. Muere la noche cada dos o tres veces al día, muere de voces pálidas o de recuerdos en Do menor.
Las cartas presienten mi muerte, las candelarias la señalan desesperadas, y la muerte limándose las uñas en su rincón de lamentos.

****

Llega la mañana y me estorba la piel, me estorba el suspiro leve que se cuelga del labio inferior, el beso mojado sobre la almohada. Y la muerte me mira con desden y se lima las uñas con una frialdad de kilómetros.

Jorge Andrade

jueves 20 de agosto de 2009

Mitología sobre los gemelos



—Nunca he entendido porque de cuando en cuando sales corriendo al baño, gimiendo de manera extraña y duras horas encerrado. No es que sea muy importante para mí, pero no quiero secretos entre nosotros.

—Siempre has sabido que Joaquín, mi hermano gemelo, es quien tiene éxito con las mujeres Emilia. Lo que nadie sabe es que soy yo el que soporta los orgasmos de sus múltiples faenas.

lunes 10 de agosto de 2009

Intentos de media noche.




Nota de pool: Publico de nuevo este cuento aquí por petición de una mujer. Aquí esta de nuevo para ti.



Es la cuarta vez que intentas leer esa novela. Por fin hay silencio. Por fin te ha atrapado. Por fin te estas mordiendo la lengua mientras te escurres entre la trama. Entonces escuchas risitas en el piso de arriba. Cierras el libro, lo dejas sobre la mesa, agarras un cuchillo de la cocina y subes los peldaños de la escalera muy despacio, te acercas a la puerta sin hacer ruido, el piso de madera gruñe suavemente. Adentro dos bultos se mueven debajo de las sabanas, se anudan y envuelven. Arrancas las sabanas de un tirón; una mujer de ojos verdes y un morocho te miran asustados. Crees conocerlos, crees haberlos visto antes. Entonces el morocho despabila, conecta un derechazo en tu mandíbula y te saca a patadas gritando: —¡¡¡Otra vez usted!!! ¡¡¡Salga de mi casa maldito loco!!!—

Ahora estas en medio de la calle desolada, tienes la nariz sangrando y no comprendes porque no utilizaste el cuchillo. Miras en el reflejo del cuchillo como tu rostro deformado sangra sin parar. Caminas. Pasa el carro que has intentado manejar cinco veces y por el cual llevas un brazo fracturado. Sigues caminando, la noche cada vez más oscura te deja ver de nuevo a esa mujer de tacones rojos a la que has intentado amar veintidós veces y por la cual pasaste dieciséis semanas en prisión, aceleras el paso, persigues su perfume rubio, sigues el rastro sonoro de los tacones. Aprietas el mango del cuchillo. Poco a poco las sombras de los árboles se van tragando tu figura.

domingo 2 de agosto de 2009

Sobre los unicornios




Miguel Hernández le insistió siempre a su hijo que los unicornios no existían. Algo, como un nudo de hormigas negras, se atoró en su garganta cuando vio a su hijo cabalgando un unicornio negro a la salida del cementerio donde acababa de sepultarlo.

miércoles 29 de julio de 2009

Regreso





Yo no te necesito Julio, no eres más que un cobarde. Y si, me voy con otro, ¿y que? y es mejor que tu en todo. Mírate, estas llorando como un niño chiquito, eso es lo que siempre detesté de ti, que nunca creciste. Madura hombre, consigue un trabajo de verdad y supérame si puedes, porque esta vez no me voy a tragar ese cuentito del suicidio, no señor.

Eso fue lo que dijiste ese día María, y mírate ahora de rodillas chillando como una perra herida. Deja quieto ese cadáver María y párate que ahora sigues tú.

miércoles 22 de julio de 2009

Destinitos Fatales

—Ve ese cadaver de allá?

—si.

—Se llamaba Jorge Andrade.

—¡Pobre hombre!

—Si, dicen que antes de morir se volvió inmortal.

lunes 13 de julio de 2009

Regreso



Luego de una ausencia absolutamente necesaria para mí, vengo de regreso. Vuelvo a escribir, a producir. Que extraño es regresar, reajustar las distancias y los diálogos. Volver de nuevo a una boca, a un cuerpo, a un blog. Que raro es volver. Lo más extraño es, quizás, que al regresar te sientes extranjero, al regresar no sabes realmente a donde perteneces, pero bueno, aquí estas de vuelta extranjero o nativo, talvez eso sea lo que menos importe.

Que mejor para mi regreso que un poema, uno de esos que andaba por ahí desde hace tiempo, uno de esos poco consentidos, poco pulidos pero que al parirlo fue como parir un puercoespín.

Y lo traigo al blog porque ayer un muy buen amigo me pidió, por motivos que no vale la pena enumerar acá, que le mandara mi mejor poema. Le di tantas vueltas al asunto como pocas veces lo hago. Quizás porque realmente nunca me he creído el cuento de ser un poeta, quizás porque aunque tengo una carpeta que dice poemas no creo realmente haber escrito alguno. En fin, elegí algunos poemas preciados consciente de que ninguno era mi mejor poema, en una elección totalmente atravesada por la subjetividad. Se los mandé, siete en total, para que él eligiera el que considerara mejor. El poema que eligió es el que publico hoy acá. Lo gracioso, la sincronía cruel es que este poema cae como anillo al dedo en mi situación actual. Solo queda por decir que este poema también es para ti señorita simétrica. “Feliz” regreso.


Lamento en la orilla de tu ausencia
Porque esta noche duermes lejos
GELMAN.


Por qué gimes inmersa
en ese otro cuerpo carente de gatos.
Por qué cierras los ojos y abres la piel,
y abres las alas, y los maullidos, y la ira, la lengua, los fluidos,
y los labios, y todos los labios,
y esa mujer que vive debajo de tus muslos,
y tus órganos, y tus orgasmos y todo.

Silencio.
Y un olor a ti me atraviesa el poema.

Ya no me quedan anhelos.
A esta altura de la tarde
es tu ausencia la que emana de mi pluma.


Jorge Andrade Blanco.

PDT: la imagen se la debo al gran Dario Ortiz. Mi artista colombiano favorito...

miércoles 17 de junio de 2009

Te vas volviendo olvido




Hoy ha sido un día extraño, solo me faltó encontrarme conmigo mismo en la esquina menos esperada (como la encontré a ella)… Hoy ha sido un día extraño y debo confesar que este ha sido el año más extraño de mi vida, así que ha estado atestado de días raros. Pero el de hoy posiblemente ha sido el más raro de todos. En fin.

Tenía pensado publicar un cuentito que anda por ahí mañana, pero con todo lo que ha pasado hoy, no puedo evitar regalarles a los lectores este poema de Darío Jaramillo Agudelo, uno de esos poemas que no se consiguen en la red. Gracias Darío.






Te vas volviendo olvido


Te vas volviendo olvido,
una parte de la nada que no duele,
una herida de ayer que esta noche es ya piel nueva.
No te cuelas en mi soledad,
no distraes mi atención como antes ocurría
a toda hora,
ahora tú sobras en todo lo que eres para mí,
no le haces falta a mi recuerdo, no lo alimentas.
Te vas volviendo olvido.

PDT: de todas formas, mañana andará un cuentito por ahí.

miércoles 10 de junio de 2009

Impublicable # 1

No puedo preguntarle al azar porqué te puso exactamente en aquella esquina esa noche de viernes mientras yo acortaba la distancia entre mi cuerpo y la melancolía. Sería inútil preguntarlo. Apareciste en el tablero de la noche como un silencioso alfil que ponía en jaque mi condición de soledad. Sería inútil preguntarlo porque sospecho que después de ti atracará una soledad más severa, un desierto de esqueletos negros y palabras muertas. Un irremediable otoño de angustia con mi piel colgada en la penumbra de tu beso.

miércoles 3 de junio de 2009

Epilogo del color... Retrato de Mapa Afanador




Esta fotografía la hago en una época en la que comienzo a creer en renacer, en que la felicidad es posible... En que te puedes encontrar con el ser más maravilloso en la esquina menos esperada.

El color es vida, es esa nueva vida que hoy inunda mi cerebro como un liquido tibio y "aterradoramente" espeso, un liquido magenta que huele a mujer...

PDT: gracias a Mapa, la modelo, que tuvo el alma colorida en esta sección.

viernes 22 de mayo de 2009

Dialogo


—la poesía es un orgasmo— me dices…

chorreas,
sudas,
gritas,
mueres,
sacudes,
anocheces,
brincas,
cantas,
jalas,
sepultas,
cabalgas,
aplastas,
solloza,
otoñas…

—¿te fijaste? —continuas—
anoche chorreé un Van Gogh entre las sabanas.


Jorge Andrade Blanco.

sábado 16 de mayo de 2009

Premonición sobre una despedida




Lo primero será decir que me llamo Jorge Andrade, que ya estoy muerto y que nunca pude terminar mi novela.

Es inútil evitarlo, todas las despedidas ocurren bajo la lluvia. Nunca ocurren bajo el sol de verano. Siempre esta el aguacero ahí presente. Era lo único en lo que podía pensar mientras la esperaba en aquella esquina, mientras veía el cielo cerrado en nubes empolvadas cayéndose a pedazos.

Luego la vi pasando la calle. No supe porqué vino a verme vistiendo ese horrible gabán rojo, tampoco entiendo como, aunque ella soportó la inclemencia de la lluvia durante varios minutos, cuando entramos al café no estaba mojada y yo, por el contrario, tenia el aspecto triste de un gorrión empapado.

Lo primero fue como acortar las distancias, preguntar sobre la salud de su madre, si seguía teniendo problemas en el trabajo, si el gordo Billy seguía coqueteándole. Ella preguntó por mi gato Pink, si finalmente había terminado mi novela y dos o tres estupideces más con las que intentamos calentar el hielo del adiós.

Tras conversar finalmente supe que mis sospechas eran ciertas: la despedida no tenía nada que ver conmigo, ni con ella; tenía que ver con él. Lo siguiente fue una enumeración frenética de cualidades de un imbécil al que yo ni siquiera conocía: que sale a bailar, que la llama, que es pintor, que los mensajes, que se pinta ridículos ojos en las manos, que le gustan las armas, que no busca estar con otra persona, que la hace reír y diez mil cualidades obtusas que podríamos poner en el cuerpo de cualquier otro idiota.

No recuerdo con certeza si hubo lagrimas. Recuerdo una sonrisa leve y la mirada nostálgica perdiéndose en las notas de un blues de Muddy Waters. Las notas de esa armónica despiadada chisporroteaban y salían por la ventana para perderse confundidas entre los latidos de la lluvia.

Lo siguiente fue ir a su casa por mis libros. Esa costumbre masoquista de devolverse los favores y los objetos amados que algún día fueron de ambos. Su gata blanca no me saludó, me miró aterrada desde una esquina relamiéndose una pata.

Ella comenzó a meter mis cosas en una caja y yo fui al baño para corroborar mi existencia, para comprobar con mis propios ojos que aun estaba con vida. Entonces fue ahí, mientras veía mi rostro en el espejo, cuando vi entrar el revolver en cuadro; luego el estruendo y la mirada aterradora de ella viéndome caer, las uñas rojas agarrando temblorosas el mango oscuro del revolver, creo que también escuché ese llanto sutil que tanto detestaba.

Mientras todo se iba volviendo luz pregunté con debilidad de donde había sacado ese revolver, pero entonces recordé sin entender que a él le encantaban las armas, todo cobró entonces una lógica inexplicable… También recordé que no escribí el final de mi novela, y que nunca, jamás terminé de amarla. No me quedó otra opción que sonreír mientras mi cuerpo se iba sumergiendo en una montaña de hielo.

Jorge Andrade