
A Cortazar evidentemente.
El Gran Kandrupsky metió la mano en el sombrero sin sentir en ninguna parte la pelusa palpitante y tibia. Exploró la minima profundidad del sombrero con un poco más de detalle; en ese momento el pequeño cóncavo pareció un agujero de kilómetros. La mano de El Gran Kandrupsky recorrió los rincones más alejados, su mano indagó todas las esquinas del paño negro sin encontrar otra cosa más que un vacío inalterado.
Una tos ronca que venía desde la gramilla hizo que El Gran Kandrupsky mirara hacia ese público impaciente que ya comenzaba a removerse entre sus sillas. El auditorio estaba mudo y El Gran Kandrupsky sintió una pequeña gota de sudor que comenzó a deslizarse por su frente, descendió lentamente por el centro para tomar la vía del tabique y desembocar en la punta de la nariz donde se quedó suspendida unos segundos, agarrada con todas las uñas de la refinada punta aguileña que emergía entre un par de ojos verdes y lindaba con un bigote montaraz. La gotita de sudor cosquilleó la nariz de El Gran Kandrupsky con una oscilación frenética antes de tomar vuelo y reventarse en la mesa de madera falsa.
Por inverosímil que parezca, el sonido de la gota estallando logró tocar el oído izquierdo de El Gran Kandrupsky que aun continuaba perplejo con la mano metida dentro del sombrero, buscando al animalejo que por algún azar del destino hoy no estaba allí. Un lagrimita de cristal reventándose, fue eso y no otra cosa lo que escuchó El Gran Kandrupsky antes de despertar.
El despertar fue confuso. El Gran Kandrupsky abrió los ojos y sus pupilas tardaron algunos segundos en recuperar el detalle de la oscuridad. Cuando logró librarse de la ceguera, y pasó totalmente del territorio del sueño al de la vigilia, notó que todo estaba forrado en una tela suave, el espacio para moverse era insuficiente, el lugar era circular y albergaba un aire craso que entraba con dificultad llenando los pulmones de algo que parecía gelatina. La superficie del suelo estaba forrada en paño y era cóncava.
Cuando El Gran Kandrupsky miró hacia arriba la luz sólida de una luna de tungsteno lo dejó ciego, el reflector brillaba en lo alto mientras El Gran Kandrupsky, confundido, miraba hacia arriba, viendo como se asomaban dos orejas blancas que se interponían entre la luz albina y su humanidad, manchando de sombras el interior del sombrero; si, fue justo ahí cuando El Gran Kandrupsky quiso volver a dormir, soñar con ese mundo furtivo en el que era él el que jalaba de las orejas al conejo para sacarlo del sombrero y dejar venir un chapuzón de aplausos que le inundaban la piel. Cerró los ojos apretándolos con el alma y con los puños pero fue inútil, el conejo lo agarró del pelo y lo sacó violentamente del sombrero, afuera un cosmos de ojitos brillantes y orejas blancas inundaba la oscuridad y El Gran Kandrupsky pataleaba en el aire, lanzando puñetazos que se estallaban en el aire sin encontrar objetivo alguno, luchando ferozmente contra el vacío.

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