BUSCAR: No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene. ALEJANDRA PIZARNIC

lunes 13 de julio de 2009

Regreso



Luego de una ausencia absolutamente necesaria para mí, vengo de regreso. Vuelvo a escribir, a producir. Que extraño es regresar, reajustar las distancias y los diálogos. Volver de nuevo a una boca, a un cuerpo, a un blog. Que raro es volver. Lo más extraño es, quizás, que al regresar te sientes extranjero, al regresar no sabes realmente a donde perteneces, pero bueno, aquí estas de vuelta extranjero o nativo, talvez eso sea lo que menos importe.

Que mejor para mi regreso que un poema, uno de esos que andaba por ahí desde hace tiempo, uno de esos poco consentidos, poco pulidos pero que al parirlo fue como parir un puercoespín.

Y lo traigo al blog porque ayer un muy buen amigo me pidió, por motivos que no vale la pena enumerar acá, que le mandara mi mejor poema. Le di tantas vueltas al asunto como pocas veces lo hago. Quizás porque realmente nunca me he creído el cuento de ser un poeta, quizás porque aunque tengo una carpeta que dice poemas no creo realmente haber escrito alguno. En fin, elegí algunos poemas preciados consciente de que ninguno era mi mejor poema, en una elección totalmente atravesada por la subjetividad. Se los mandé, siete en total, para que él eligiera el que considerara mejor. El poema que eligió es el que publico hoy acá. Lo gracioso, la sincronía cruel es que este poema cae como anillo al dedo en mi situación actual. Solo queda por decir que este poema también es para ti señorita simétrica. “Feliz” regreso.


Lamento en la orilla de tu ausencia
Porque esta noche duermes lejos
GELMAN.


Por qué gimes inmersa
en ese otro cuerpo carente de gatos.
Por qué cierras los ojos y abres la piel,
y abres las alas, y los maullidos, y la ira, la lengua, los fluidos,
y los labios, y todos los labios,
y esa mujer que vive debajo de tus muslos,
y tus órganos, y tus orgasmos y todo.

Silencio.
Y un olor a ti me atraviesa el poema.

Ya no me quedan anhelos.
A esta altura de la tarde
es tu ausencia la que emana de mi pluma.


Jorge Andrade Blanco.

PDT: la imagen se la debo al gran Dario Ortiz. Mi artista colombiano favorito...

miércoles 17 de junio de 2009

Te vas volviendo olvido




Hoy ha sido un día extraño, solo me faltó encontrarme conmigo mismo en la esquina menos esperada (como la encontré a ella)… Hoy ha sido un día extraño y debo confesar que este ha sido el año más extraño de mi vida, así que ha estado atestado de días raros. Pero el de hoy posiblemente ha sido el más raro de todos. En fin.

Tenía pensado publicar un cuentito que anda por ahí mañana, pero con todo lo que ha pasado hoy, no puedo evitar regalarles a los lectores este poema de Darío Jaramillo Agudelo, uno de esos poemas que no se consiguen en la red. Gracias Darío.






Te vas volviendo olvido


Te vas volviendo olvido,
una parte de la nada que no duele,
una herida de ayer que esta noche es ya piel nueva.
No te cuelas en mi soledad,
no distraes mi atención como antes ocurría
a toda hora,
ahora tú sobras en todo lo que eres para mí,
no le haces falta a mi recuerdo, no lo alimentas.
Te vas volviendo olvido.

PDT: de todas formas, mañana andará un cuentito por ahí.

miércoles 10 de junio de 2009

Impublicable # 1

No puedo preguntarle al azar porqué te puso exactamente en aquella esquina esa noche de viernes mientras yo acortaba la distancia entre mi cuerpo y la melancolía. Sería inútil preguntarlo. Apareciste en el tablero de la noche como un silencioso alfil que ponía en jaque mi condición de soledad. Sería inútil preguntarlo porque sospecho que después de ti atracará una soledad más severa, un desierto de esqueletos negros y palabras muertas. Un irremediable otoño de angustia con mi piel colgada en la penumbra de tu beso.

miércoles 3 de junio de 2009

Epilogo del color... Retrato de Mapa Afanador




Esta fotografía la hago en una época en la que comienzo a creer en renacer, en que la felicidad es posible... En que te puedes encontrar con el ser más maravilloso en la esquina menos esperada.

El color es vida, es esa nueva vida que hoy inunda mi cerebro como un liquido tibio y "aterradoramente" espeso, un liquido magenta que huele a mujer...

PDT: gracias a Mapa, la modelo, que tuvo el alma colorida en esta sección.

viernes 22 de mayo de 2009

Dialogo


—la poesía es un orgasmo— me dices…

chorreas,
sudas,
gritas,
mueres,
sacudes,
anocheces,
brincas,
cantas,
jalas,
sepultas,
cabalgas,
aplastas,
solloza,
otoñas…

—¿te fijaste? —continuas—
anoche chorreé un Van Gogh entre las sabanas.


Jorge Andrade Blanco.

sábado 16 de mayo de 2009

Premonición sobre una despedida




Lo primero será decir que me llamo Jorge Andrade, que ya estoy muerto y que nunca pude terminar mi novela.

Es inútil evitarlo, todas las despedidas ocurren bajo la lluvia. Nunca ocurren bajo el sol de verano. Siempre esta el aguacero ahí presente. Era lo único en lo que podía pensar mientras la esperaba en aquella esquina, mientras veía el cielo cerrado en nubes empolvadas cayéndose a pedazos.

Luego la vi pasando la calle. No supe porqué vino a verme vistiendo ese horrible gabán rojo, tampoco entiendo como, aunque ella soportó la inclemencia de la lluvia durante varios minutos, cuando entramos al café no estaba mojada y yo, por el contrario, tenia el aspecto triste de un gorrión empapado.

Lo primero fue como acortar las distancias, preguntar sobre la salud de su madre, si seguía teniendo problemas en el trabajo, si el gordo Billy seguía coqueteándole. Ella preguntó por mi gato Pink, si finalmente había terminado mi novela y dos o tres estupideces más con las que intentamos calentar el hielo del adiós.

Tras conversar finalmente supe que mis sospechas eran ciertas: la despedida no tenía nada que ver conmigo, ni con ella; tenía que ver con él. Lo siguiente fue una enumeración frenética de cualidades de un imbécil al que yo ni siquiera conocía: que sale a bailar, que la llama, que es pintor, que los mensajes, que se pinta ridículos ojos en las manos, que le gustan las armas, que no busca estar con otra persona, que la hace reír y diez mil cualidades obtusas que podríamos poner en el cuerpo de cualquier otro idiota.

No recuerdo con certeza si hubo lagrimas. Recuerdo una sonrisa leve y la mirada nostálgica perdiéndose en las notas de un blues de Muddy Waters. Las notas de esa armónica despiadada chisporroteaban y salían por la ventana para perderse confundidas entre los latidos de la lluvia.

Lo siguiente fue ir a su casa por mis libros. Esa costumbre masoquista de devolverse los favores y los objetos amados que algún día fueron de ambos. Su gata blanca no me saludó, me miró aterrada desde una esquina relamiéndose una pata.

Ella comenzó a meter mis cosas en una caja y yo fui al baño para corroborar mi existencia, para comprobar con mis propios ojos que aun estaba con vida. Entonces fue ahí, mientras veía mi rostro en el espejo, cuando vi entrar el revolver en cuadro; luego el estruendo y la mirada aterradora de ella viéndome caer, las uñas rojas agarrando temblorosas el mango oscuro del revolver, creo que también escuché ese llanto sutil que tanto detestaba.

Mientras todo se iba volviendo luz pregunté con debilidad de donde había sacado ese revolver, pero entonces recordé sin entender que a él le encantaban las armas, todo cobró entonces una lógica inexplicable… También recordé que no escribí el final de mi novela, y que nunca, jamás terminé de amarla. No me quedó otra opción que sonreír mientras mi cuerpo se iba sumergiendo en una montaña de hielo.

Jorge Andrade

jueves 16 de abril de 2009

Nota de media noche escrita con algo de rabia



Tendré que irme,
que huir sin decir adios...
esta vez literalmente (yo)

Las moléculas que me componen
se abren para darle paso a su mirada (yo)

Hoy no hay cuentos. No sé. No sé en que momento este blog dejó de ser un lugar en el que simplemente aparecían cuentos que andaban por ahí, historias que iban y venían, y comenzó a ser algo tan personal. No sé en que momento mi propia vida comenzó a aparecer entre líneas, creando una especie de diario ridículo y cobarde.

Creo que el peor consejo que me dio mi padre fue el de jamás tirar la toalla, el de no rendirse nunca. Para el viejo, es preferible que uno muera parado en el cuadrilátero, con el rostro deformado, a tirar ese innoble trapo blanco evidenciando la humillante derrota. ¡Que pésimo consejo! ¡Que terrible!... Crecí sin rendirme nunca, parado ante todo lo que pasaba y hoy por fin me doy cuenta de que tirar la toalla, en ocasiones, es más que necesario; el problema es que hoy no sé como rendirme, no entiendo la dinámica del asunto, no se como se tira una toalla realmente y creo que no resisto más, creo que los golpes que recibo ya no los veo venir, solo veo manchas rojas que se estrellan contra mi rostro y lo hunden en muecas miserables.

El Jorge de hoy es alguien que da sin esperar nada, pero no hay nada que hacer: en ocasiones necesitas recibir, es una necesidad, un hambre incontrolable. Hoy no le jodo la vida a la gente, hoy juego sin mascaras, sin miedos y justo cuando decido ser un “buen tipo” los miedos de los demás se me estallan en la cara y en el pecho. Creo que en ultimas es mejor ser un mal tipo, el hijo de putica de antes era intocable y estaba bien, el de hoy es débil, estupido y vulnerable. Las mujeres, por poner un ejemplo, no necesitan buenos tipos, no necesitan personas detallistas que piensen en ellas y en hacerlas felices, las mujeres necesitan un cabrón que se las quiera comer, que de cuando en cuando les saque una sonrisa pero que todo el tiempo este más pendiente de él que de ellas. Las mujeres necesitan un hombre que NO este ahí, que no este ahí cuando ellas quieren que este ahí. Ellas necesitan ausencia y el Jorge de hoy detesta la ausencia, el Jorge de hoy se cansó de ser ese hombre que son los demás.

Ser el que soy hoy duele mucho. El tipo sin mascaras no sirve. Y esto es algo personal que no debería estar diciendo aquí pero que tengo que sacar. Talvez sea hora de tirar la toalla, de no insistir sobre utopías, de no soñar. El de antes no soñaba, vivía las certezas del presente y ya, punto, lo de más era pura mierda. Talvez sea hora de tirar la toalla, volver por las mascaras que dejé botadas en el camino y seguir como antes… después de todo la idea es ser feliz.

Pido perdón a los lectores del blog por este post, ya volverán los cuentos, las historias que poco o nada tienen que ver conmigo, no demoran mucho, ya volverán. Por el momento: esto es lo que hay.

jueves 2 de abril de 2009

Parafrasis

El protagonista de esta historia se sienta a escribir. Escribe sobre un personaje bastante parecido a él que a su vez se sienta a escribir sobre un personaje que se sienta a escribir.

Antes de comenzar permanece un buen tiempo callado frente a la hoja en blanco. Piensa en lo doloroso que es el silencio, no entender el por qué de las cosas: un día una boca abundante te recibe tragándose tu aliento y al día siguiente esa misma boca se aleja y te evade.

Si ella hablara las cosas cambiarían, por lo menos habría una certeza, un pequeño pedazo de vida real, de cosa que se aleja de la ficción y se asienta en el estado de la verdad para despojar a nuestro protagonista de la duda. Pero no, ella es el país del silencio, de los miedos y la incertidumbre.

Nuestro protagonista piensa qué a veces no es suficiente querer darlo todo, es inútil querer reparar un corazón cuando este no quiere ser reparado, es inútil llegar con las manos llenas de magia cuando ese otro cuerpo no cree en la magia.

Ella, evidentemente, tiene la felicidad en sus narices y la espanta por andar detrás de un espejismo. Las mujeres necesitan espejismos, algo que no les de seguridad, algo que las haga titubear para luego olfatear y buscar la felicidad en una alucinación.

Es justo en este momento cuando nuestro protagonista escribe lo siguiente:

“Mujer: si estuvieras muriendo de sed y te pusieran a escoger entre un oasis real y un espejismo, tu, alucinada, seguirías el espejismo”

La frase le parece prosaica. Piensa en la caída, en el vértigo, se cruzan por su cabeza una boca, un pelo salvaje, uno que otro aroma luminoso. Pero no los escribe, no los puede escribir porque hay cosas que no son susceptibles a descripción.

El protagonista de esta historia desea parar de escribir o de pensar en hacerlo, pero recuerda que él es solo un personaje que se sienta a escribir sobre un personaje que se sienta a escribir, y en ese ciclo infinito, en cada una de las hojas, es ella la que se asoma entre las líneas de la página.

jueves 19 de marzo de 2009

Insomnio



Da una vuelta más sobre la cama. Lo pies están fríos, el colchón parece una planicie congelada, se siente al interior de una montaña de hielo. Una vuelta más sobre si. Solo piensa en eso. ¿Cómo pensar en otra cosa?

Nota que las cobijas están inusualmente desordenadas como cuando ella dormía junto a él, esa certeza lo hace llorar lentamente, hacia dentro; extraña esa cabeza liviana encajando perfectamente en su pecho, acercándose a la perfección. Se levanta, nota qué la luz entrecortada que se cuela por las persianas le esta manchando el pecho, siente nauseas. Va a la ventana y mira la calle. Afuera no hay nada más que una noche sumida en el silencio. “contigo no hay palabras” recuerda entonces.

Mira el reloj. Son las 3:15 de la madrugada. Piensa en salir pero lo detiene el recuerdo ¿y si la noche se convirtiera en un delirio y terminara volcado en la autopista? como dijo algún día su difunto amigo. Seca sus lágrimas y se acuesta de nuevo. La cama esta aun más fría.

Esa noche ya no dormirá. Recordará con los ojos abiertos y volverá a su mente el fragmento de esa canción, la canción que siempre llega en este preciso momento: “I wish I was special. You're so fucking special. But I'm a creep, I'm a weirdo. What the hell am I doin' here?” No para de recordar la canción e intentar enmascararse de nuevo, ser ese otro al que no le duele nada. No lo logra. “What the hell am I doin' here?”

Lejos de ahí, por supuesto, ella duerme profundamente acurrucada bajo el calor de otro cuerpo desnudo.

miércoles 4 de marzo de 2009

Deja-vú de mantequilla


—Vengo a lo de siempre. —Dijo Amalia.
—¿Otra vez? —preguntó Siro.
—Sí.
—¿A lo mismo?
—Sí, a lo mismo.
—Estoy cansado de lo mismo… ¡No, pero no lo tomes así, no te vayas!
—Solo voy a buscar a otra persona que lo haga muñeco.
—No seas tonta, no es necesario. Simplemente me pregunto que tan sano será que lo sigamos haciendo.
—¿Por qué habría de ser insano?
—Porque no es normal. Ya sabes, la gente no anda por ahí mu…
—¡Ya, ya, ya!… no es necesario que me recuerdes lo que significa para el resto querido, yo lo tengo claro. Pero es que es simplemente delicioso.
—Delicioso para ti preciosa.
—¿Tu no lo disfrutas? Sabes que puedes hacerme lo que quieras antes de hacerlo, ¿Eso no te excita Siro?
—No sé, ya cada que sucede de nuevo hay más miedo que emoción.
—Entonces buscaré a un hombre de verdad y punto. —Contestó ella molesta.

Él la tomo del brazo fuertemente, la haló y le dijo susurrando que lo haría de nuevo.

La luna apareció pálida y brillante. Él la volvió a besar como acostumbraba a hacerlo cuando empezaban de nuevo. Ella, como siempre, acaricio el cuello de Siro y comenzó a morderle los labios. Los dos manchados de amarillo por los abundantes chorros de luz que se colaban por las ventanas.

—Tu espalda está más fuerte que la última vez. —Le susurró al oído excitada.
–Siempre dices lo mismo. —Contestó él, balbuceando, mientras se perdía en su boca.

...

—Tú sabes que te amo Amalia.
—Tú sabes que yo no te amo. —Contestó Amalia con una leve sonrisa.

Las prendas fueron adornando, cada vez en más abundancia, el piso de madera pulida. Afuera, el canto de los cuervos se oía desesperado, como si de repente fueran a tumbar el techo a picotazos y a entrar envueltos en una nube de plumas negras para devorarlos.

Ellos mientras tanto se zampaban desnudos sobre el sofá más largo de la sala envolviéndose, anudando los cuerpos, licuando sus pieles teñidas de un bronce amargo. Ella sonreía. Siro la miraba directamente, naufragando de nuevo en esos ojos verdes. Perdiendo el control.

Los gemidos aparecieron rasgando la noche. Los gritos de Amalia comenzaron a rebotar contra las paredes produciendo ecos constantes y cuando ya el orgasmo se aferraba con uñas y dientes a las entrañas de Amalia un grito sólido se le escapó:

—¡Es hora de que lo hagas! ¡Hazlo ya! ¡Hazlo ya!
—Tengo miedo Amalia. —Gritó Siro.
—¡Hazlo Siro!, ¡hazlo de nuevo!, ¡necesito hacerlo de nuevo por favor!

Entonces Siro estiró su mano temblando, agarró un puñal que descansaba en la mesa de centro y lo hundió en Amalia. Lo enterró hasta el fondo e hizo un corte profundo hasta que el cuchillo fue expulsado por el peso de vario órganos que se descolgaron del cuerpo muerto que aun conservaba esa liviana sonrisa de placer.

El llanto de Siro despuntó lento y contundente, estaba parado de nuevo ante el cadáver de Amalia. Allá afuera ya no había cuervos, y la luna dorada se iba ocultando tras un nervioso amasijo de nubes negras.

viernes 27 de febrero de 2009

historia para ayer en la noche



1
Esta historia es sobre un hombre que esta soñando que cae. Al estrellarse contra el suelo abrirá los ojos y se dará cuenta de que no fue un sueño.

2
Se muerden mientras bailan, poseídos de un hambre reprimida. Él estrechándola y oliendo su pelo salvaje. Ella olfateándolo y mordiéndole el cuello. Bailan y se muerden. No hay miedos ahí, en el instintivo acto de bailar y morderse no hay miedos, pero luego se sueltan y es como cuando dos amantes se visten luego de haberse entregado a la desnudes, tristemente se disfrazan de personas. Se sueltan, se visten y ahí ya hay miedo.

Ella le dice que no confía en él. ¿Cómo confiar en un hombre?. Él le propone el azar como única salida al miedo, arrojarse, una experiencia de vacío sin vértigo, caer sin saber en donde. Ella también le teme al azar. Él le teme a caer sin ella.

3
La noche los había asechado y ahora les caía encima como un felino oscuro sobre su presa. Una noche sin lluvia que olía a durazno. Y ahí estaban los dos, cruzando la noche juntos sin besarse, atándose las manos y los labios como tontos, como fieras que se autoexilian al cautiverio. Creo que él le acarició la espalda mientras ella cerraba los ojos, él pensó que ella soñaba, añoró que soñara una caída. Pasó sus dedos por esa espalda de gamuza, también por entre las aristas de los labios, rozó las turbias vellosidades del lóbulo, indagó con las yemas de los dedos un cuello liso poblado de lunares, todo despacio y reprimido. Pero ella no soñaba nada, el contacto sutil no la arrastró al territorio del sueño.

4
Como siempre llega el momento de la partida: “Adiós” dice ella. ¿Adiós? pregunta él, sorprendido. Y justo aquí señor lector es donde el hombre se estrella, el fin de la caída: ella lo besa, es el contacto de los labios abundantes contra una boca que no los esperaba. Y ella se va y el hombre la ve irse ¡juro que la ve irse!, y ahí es donde esta el vacío, donde el hombre que soñaba espera horrorizado que esa no haya sido una despedida de verdad.

domingo 15 de febrero de 2009

Suicida en la noche de un domingo sin luna




Superado lo del sexo, el hambre y la soledad Eugenio se decide por la horca. Había contemplado la posibilidad de un disparo en la cabeza pero luego de haber limpiado todo no quería arruinar el aspecto de su lindo penthouse. Las pastillas acarreaban el mismo problema, además le asqueaba la imagen de un cadáver embadurnado de fluidos. Un suicida debe ser elegante, después de todo es lo único que le queda.

También era tentadora la opción del salto, de atravesar la noche, vertiginosa y negra, desde el décimo piso del edificio San Carlos hasta estallar contra el pavimento. El problema era el asunto público pues él siempre había sido tímido y reservado, y la idea de un mamarracho deformado entre los adoquines todo rodeado de pies y susurros le parecía aborrecible. Finalmente la decisión estaba tomada, sería la horca.

Luego de preparar acertadamente los nudos Eugenio intenta buscar de donde colgarse pero le parece supremamente difícil encontrar un lugar. Finalmente ve en el tubo de la ducha el lugar más adecuado, amarra la cuerda en el tubo brillante, aferra los nudos hasta ampollarse levemente los dedos, ve su rostro doblado y patético en el reflejo del tubo, busca la butaquita de madera y se sube en ella. Un ultimo respiro profundo y mete la cabeza entre el redondel, con el pie derecho patea la butaquita: el comienzo es violento, la cabuya lo estrangula rigurosa, lo sofoca con inclemencia, siente que le traquea algo entre la vértebra y el cuello, cierra los ojos, huele a oxido, piensa que la muerte huele a oxido, esta retorciéndose, vuelve a su cabeza aquella tarde en la que casi se ahoga cuando era niño, la piscina parecía segura, la sensación es similar, el recuerdo chisporrotea y brilla allá adentro lleno de imágenes confusas y sobrepuestas, y piensa que nunca creyó que morir fuera tan demorado, y piensa en ella también, y justo cuando aprieta los ojos para dejarse ir el tubo de la ducha sede y se parte, se viene abajo junto con el polvo y los baldosines superiores que le caen encima.

Eugenio cayó lastimándose una rodilla. El aire salvador llenó abundantemente sus pulmones, exhaló y volvió a llenarlos. Se quedó unos minutos echado en el suelo mientras aflojaba la horca y la retiraba. Al levantarse vio en el espejo el cuello rojo y pelado manando sangraza. Entonces Eugenio rió, no pudo contener la risa, una risa larga y suave.

Luego fue a la cocina y se preparó dos sándwiches de jamón y queso que devoró rápidamente, pensó que matarse abría el apetito. Fue a la cama apresurado —después de todo el día siguiente era laboral—, las cobijas abundantes lo fueron calentando y justo cuando se volcó sobre su costado derecho para dejarse vencer por el sueño notó que por el corredor se arrastraba la luz del baño aun prendida entonces vio horrorizado la sombra de un cuerpo que oscilaba levemente.

martes 3 de febrero de 2009

Picando cebolla




Abelardo Díaz acaba de enterrar a su mujer. Ha dejado atrás los rezos monótonos y el olor a flores. Ahora solo se dispone a picar cebolla, no ha llorado esta perdida pero en este momento pedacitos de tristeza se adhieren a su pecho como lapas. Lleva seis horas picando cebolla.

El olor rollizo de la cebolla revienta en su nariz, esta aletargado, sus ojos se inyectan en lágrimas. Escucha el latido frenético del cuchillo contra la tabla… tac tac tac en crescendo. Abelardo se siente triste, es cierto, pero no sabe con certeza si las lágrimas que poco a poco despuntan y se descuelgan de su mentón son por la partida de Alicia o simplemente una reacción al olor de la cebolla.

Abelardo sigue cercenando la cebolla, no para, no sabe para que lo hace, no sabe porque la pica, simplemente deja que el cuchillo la astille y la reduzca a trocitos, no comprende de donde sacó la habilidad asesina de batir el cuchillo a tal velocidad.

No comprende; al llegar del entierro simplemente tenía unas ganas incontrolables de picar cebolla. La tabla ya esta atestada de aristas, cicatrices provocadas por el filo del cuchillo. Abelardo se corta levemente un dedo, una débil gota de sangre se desliza por la hoja metálica. Entonces es cuando lo recuerda todo: el planchón de la cocina, el cuchillo, la sangre, un gemido gris y su mujer abierta en dos, convertida en una enjundia mal oliente.

Abelardo sigue picando cebolla, ya no hay lágrimas, ahora ríe incontrolablemente.


Jorge Andrade Blanco

Una historia real



Hoy más que nunca creo que uno debe tener cuidado con lo que escribe.

Uno de los cuentos de Juan Arenas decía: “Me levanté con sed el día en que iba a morir”… Ayer cuando lo leía de nuevo pasó algo terrible, el recuerdo estalló en mi cabeza con la contundencia de un disparo, mientras me sumergía en las líneas del cuento recordé que la mañana del 30 de diciembre hablé con Juan:

—Tengo una sed impresionante Georgie —Me decía desesperado — una sed que no se quita con nada. Gaseosa, agua, jugo, hasta con leche he intentado pero con nada se va, la tengo pegada a la garganta como un amor recién abandonado.

No recuerdo con exactitud lo que respondí, lo cierto es que la madrugada del 31 de diciembre Juan descansaba, esta vez para siempre, apuñalado bajo las luces mortecinas de los postes.

viernes 30 de enero de 2009

Sobre El Curioso Caso de Benjamin Button



La idea de llevar al cine esa bella historia de Scott Fitzgerald navegó en la cabeza del director David Fincher desde hace muchos años: la pre-producción de este film comenzó a mediados de 2002 pero mucho antes de eso, luego de haber leído la novela en el frío invierno del 1997, Fincher se obsesionó con la historia, lastimosamente las precarias condiciones técnicas de la época evitaban que pudiera ser llevada a la pantalla grande.

Si tuviera que clasificar esta película en un género, este sería el realismo mágico. La verdad es que hace mucho tiempo no veía una película tan limpia como El Curioso caso de Benjamin Button. Un guión impecable, una dirección de arte adecuada, una fotografía preciosista y maravillosa, una dirección que fortalece brillantemente la, ya impecable, labor actoral, unos efectos visuales sobrios y magníficos. La adaptación de la novela corta de Scott Fitzgerald sobrepasa todas las expectativas.

La labor actoral de Brad Pitt es contenida y profunda, los personajes secundarios son carnositos y deliciosos: Un Marinero alcohólico que dice ser artista, un viejo que fue electrocutado por un rayo en siete ocasiones, un negro que quiere volver al río en el que nació, un relojero ciego que hace un reloj que anda al revés con la esperanza de que los hombres muertos en la guerra vuelvan a casa. Todos estos personajes encarnados magníficamente, de cada uno de ellos se podrían sacar una película entera.



El montaje es ágil y asertivo, no se sienten las casi tres horas de película. Un film que contagia, que hace que el espectador se retuerza de placer en su silla de cuando en cuando. Breves fragmentos de esta cinta parecen cortometrajes limpios y bien logrados: dignos de Cannes cada uno de ellos, como el primero en el que un relojero ciego ha perdido a su hijo en la guerra.

Es una historia de vida que anda hacia atrás, un hombre que nace viejo y va rejuveneciendo poco a poco. La vida de Button se ve atravesada por el amor, la guerra y la tragedia, en lo que el guionista Eric Roth ya había mostrado talento desde Forest Gump. Una película llena de metáforas, narrada a partir de “flashbacks”, con una poesía sobria y exquisita.

Como dato curioso debo agregar que en el primer cuarto de la película, cuando el niño Button esta más viejo, la cabeza del actor es reemplazada por una fabricada en 3D (ver acá), esto no lo nota ni el ojo más entrenado por lo cual debo elogiar el trabajo de Digital Domain, compañía que años atrás sorprendió con los efectos de Piratas del Caribe, Transformers y La Brújula Dorada.

Solo deseo que la disfruten, no tiene presa mala. Y que por fin le den el Oscar a Fincher que desde Seven y El Club de la Pelea nos viene sorprendiendo.

martes 20 de enero de 2009

Recomendación



Ahora cuando no puedo escribir, cuando este blog que tanto he descuidado me mira con ojos líquidos desde la pantalla y no tengo respuesta para el. En este justo momento en el que así tuviera palabras se quedarían atrapadas entre el paladar y la lengua; en una jaula de muelas. Hoy no puedo poner una entrada más y me caigo por el peso de un vértigo que desconozco, justo en este momento es cuando encuentro un artículo de un buen amigo y no tengo más remedio que recomendárselo a los lectores de este blog, si acá la ausencia de letras los esta dejando morir de sed les recomiendo que vayan allá y se embriaguen. Un breve y excelente texto sobre poesía, libre de la intelectualidad pesada y cansona de los que tratan el tema. (Gracias Arturito)

http://www.asipienso.com/articulo/66/irresponsabilidad-poesia-y-experiencia


Les dejo eso y un hermoso poema de Cesar Vallejo que Arturo Charria incluye en su articulo y que para mi actual situación cae como sexo al pellejo.

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!



...





PDT: La imagen se la debo al maravilloso Christophe Huet, uno de mis fotógrafos favoritos.

martes 6 de enero de 2009

Sobre Novecento




Terminé de leer Novecento cuando regresaba de Atlanta, luego de haberme enterado de la muerte de mi mejor amigo, a manos de un asesino en la zona rosa de Bogotá. La coincidencia trágica es que el texto, de alguna manera, terminó siendo apropósito de la amistad. Hace mucho tiempo no me embriagaba con un libro tan hermoso, una historia bien narrada, preciosa, con unas nostalgias breves y precisas, lleno de tristezas y de magias modestas.

Baricco hace la aclaración de que en principio ese era un monologo para teatro, pero realmente es un texto inclasificable; cuento largo, novela corta, monologo para teatro, creo que no importa, se trata de una historia bella y el mismo Baricco confiesa que simplemente era una historia que valía la pena contar. Creo también que vale la pena recomendarla. Breve y maravillosa.

El avión aterriza en Bogotá, el capitán dice algo que no quiero escuchar, yo me bebo ligeramente los últimos párrafos del libro, me caen las líneas clavadas directo en el pecho, siento que sangro de una manera extraña, cierro el libro con una breve sonrisa, dos lagrimas dejan su huella liquida en la portada de tapa blanda. Recuerdo a Juan Arenas en ese momento y una frase precisa de Novecento: “Los amigo que deseé los conjuré tocando contigo y para ti aquella noche, en la cara que ponías, en los ojos, los vi a todos ellos, a mis queridos amigos, cuando te marchaste, se fueron contigo” (Alessandro Baricco)

jueves 1 de enero de 2009

Esto no es puro cuento




En la madrugada del 31 de diciembre asesinaron a mi mejor amigo. Juan Arenas, periodista autor del blog http://preseted.blogspot.com/.

De verdad quisiera que esto fuera otro cuento que anda por ahí, pero no, es otra noticia más que se disputan los tiburones del medio entre declaraciones absurdas e inhumanas. Juan Arenas murió a tan solo una cuadra de la Clínica El Country, en plena zona rosa de Bogotá un indigente necesito un par de puñaladas para arrancarle a este país a uno de los hombres más brillantes. El país se lo pierde, como se ha perdido a tantos otros.

Ayer entre la histeria de la noticia y la tormenta de llanto tomé unas fotos que luego publicaré, en fin. No pido justicia porque esa palabra se ha vuelto una broma en nuestro país, no le pido nada a nadie.

Parcerito, siempre caminarás junto a mi, siempre te sentiré ahí a lado con esa sonrisa que no le negaste a nadie, la misma que le debiste entregar al maldito que te quito la vida.

Nunca sabré a cambio de cuantos plones de basuco te quitaron la vida, en un trueque absurdo y delirante, no sabré de que se trataba esa sorpresa que me tenias preparada cuando volviera de Atlanta (espero que no fuera esta), tampoco sabré cual era esa mujer que iba a ser la definitiva, cual iba a ser ese culo en el que te quedarías a vivir. No se tantas cosas, y hoy, luego de un viaje desde Atlanta y derramando algunas lagrimas sobre el teclado me preparo para ir a la funeraria a decirte adiós. No se si me queda fuerza sin ti Jean Paulin, no se nada.

Hágase el silencio, cae el telón y ya no estas más. Con tu partida me invadió la noche, tendré que exorcizarme de tanto invierno.

Luego vendrá ese cuento que era para ti y que nunca terminé. Chao parcero.

Les dejo una de las últimas frases que publicó Juan en su blog. Luego: el silencio.

“Esperemos que la noche se convierta en un delirio y al menos pase algo interesante. Terminar volcado en la autopista o volver a despertarme con un perfume que no reconozco” (Juan Arenas. 1986-2008)

domingo 14 de diciembre de 2008

nada evidentemente

Mis cuentos se fueron detrás de tu boca… de cuando en cuando, en las noches, algo me recuerda que tengo que encontrarte…

martes 2 de diciembre de 2008

En invierno siempre muere un poeta




“Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome”
Alejandra Pizarnick.


“En invierno siempre muere un poeta”. Eso fue lo que dijo ella justo antes de que comenzara el invierno.

Ella se había ido y al día siguiente había comenzado a arreciar débilmente una suerte de escarcha sobre la ciudad.

Roberto se detenía observando los bultitos de nieve que se amontonaban en las esquinas del marco. La ciudad estaba blanca, enlutada, vacía. Cada rincón de la calle respiraba en silencio. Roberto, el poeta, venia pensando una manera elegante de hacerlo. Si, ya saben ustedes, ahí maneras grotescas y efectivas pero Roberto era poeta, quería algo original, elegante, exquisito. Quería hacerlo fulminante e indoloro, aunque le dolía hasta la coronilla.

Se había ido, ese era el meollo. Y dolía, claro. Y más con el frío que hacía. Roberto caminó hacia la cama destendida, las sabanas regadas simulaban montes de nieve. Sobre la mesa había un poema sin terminar:

Estoy empalando palabras al borde del cuaderno,
Entre las líneas esta tu silencio
Tus senos
Tus…

¿Como terminar ese poema si ella ya no estaba? Era inútil. Recordó entonces la noche en que ella descansaba desnuda sobre esa cama que ahora estaba vacía. Habían hecho el amor, ella siempre estaba triste después de hacerlo. —Te me asemejas a la noche. —le dijo Roberto mientras examinaba esa piel blanca.

—Estoy cansada— Contestó ella con una suerte de sonrisa que amenazaba con quebrarse.

—Cuando te vas todo comienza a oler a carne cruda, recién sacada de la nevera—apuntó Roberto mientras le pasaba una mano entre las rodillas.

—No seas ridículo— Se volteó hacia la pared dándole la espalda.

Roberto vio esos nudillos blancos que se marcaban en su espalda, esa vértebra violenta y deliciosa y quiso acercarse pero no pudo hacer otra cosa que quedarse sentado cavilando un estúpido poema mientras ella parecía llorar. Siempre se ponía triste después de hacerlo. Y ahora Roberto en esa misma posición no veía otra cosa que la cama vacía y el muro blanco donde antes estaban las vértebras y la piel pálida. Ahora todo olía a carne cruda.

Todo lo que tenia que hacer era buscar una manera elegante de hacerlo. En estos casos muchas veces corre sangre y es desagradable. Él quería algo digno. Caminaba por los corredores oscuros de la casa buscando algo pero cada rincón le arrojaba un murmullo, algún pedazo de perfume, una risita simple, algún jugueteo, algún coqueteo extraviado, aquí y allá estallaban los recuerdos inevitables.

Caminó a la sala. Una luz mortecina se arrastraba por las baldosas. Amarilla. Otra vez vino el recuerdo: la vio a ella desnuda en la baldosa fría, esa misma luz, que ahora chorreaba las baldosas, algunas noches atrás había devorado la piel blanca. —eres un atardecer que sueña— le dijo en aquella ocasión.

—hoy conocí a una mujer en el bar. Se llama Amanda— Respondió ella sin mirarlo, con la mirada incrustada en el techo.

—¿sabias que te amo? ¿Ya te dije a lo que huele cuando te vas?

—Estoy cansada Roberto.

—¡Amanda!... Tiene nombre de…

—¡cállate! Siempre tienes alguna manera especial de arruinarlo todo. Eres tan básico— todavía no lo miraba.

—Que esperabas mujer. Soy po...

—¡poeta! Esa es una manera especial de decir que no eres nadie— lo volteó a mirar entre cerrando los parpados. Simulando alguna especie de ira —Amanda, es arquitecta. Es rubia. Tiene 28 años… Me dijo que mi perfil era delirante.

—eres delirante.

—Estoy cansada... Hay una mosca en la ventana… Hace frío; pronto se va a acabar el otoño.

—me gusta el otoño.

—ten cuidado cariño. En invierno siempre muere un poeta. —se le escapó una risa burlona y se vistió. Roberto cerró los ojos y escuchó la puerta cerrarse y sus pasos bajando las escaleras.

Ella ya no estaba pero esa misma luz manchaba las baldosas solitarias, y era como si la estuviera escuchando respirar ahí mismo, a su lado. Afuera alguien bajó las escaleras y Roberto corrió a mirar quien era, con la ingenua esperanza de encontrarla a ella, pero afuera no había nada.

Ahora estaba sentado en la sala, pensando como hacerlo. Talvez ya no importaba la manera de hacerlo, no importaba si fuera ortodoxa, bestial, dolorosa, sangrienta, si involucrara sogas, cuchillos o lo que fuera. Tenia que hacerlo. Así que corrió al desván y sacó el viejo Smith & Wesson de su abuelo, lo desempolvó, lo cargó con tres balas que en ese momento consideró suficientes. Luego corrió al cuarto, se puso en frente del espejo, tomó el teléfono y la llamó.

—vuelve por favor.

—estoy cansada. ¿Por qué llamas a esta hora?

—todo huele a carne cruda. Quiero gritar. —Al fondo una voz dulce pedía que colgara el teléfono. —¿Estas con…?

—¡no te importa! —lo cortó de un solo alarido. —¿ahora resulta que necesitas mas que tu…?

—es que…

—Escúchame Roberto, no es un buen momento para…

—Adiós niña— y estalló dos tiros cerca de la bocina del teléfono. Una risa instintiva quiso escaparse pero la contuvo.

Ya lo había hecho. ¡Por fin había encontrado la manera de hacerlo! Ahora era solo cuestión de esperar para que ella volviera. Sabía que talvez no era la manera mas sincera de hacerlo pero ya no había reversa. Ya no había vuelta atrás.

Afuera la ciudad blanca reproducía los ecos roncos de los disparos. Roberto sudaba ansioso recostado en su cama. Esperando. Ella iba a volver y entonces ya no se iría. Entonce podría mirarla a los ojos y decirle que cuando ella no estaba todo olía a carne cruda.

Esperó hasta cuando la luz del día totió contra los cristales del cuarto. La noche solo había traído falsas alarmas, sonidos de tacones que hubieran podido ser pero que no fueron, rumores débiles pero nada. Nada. Ya había amanecido y no cantaban los pájaros. Caía la nieve ligera. “En invierno siempre muere un poeta” recordó. Aun le quedaba una bala en el tambor y afuera arreciaba la nieve y el silencio.

Jorge Andrade