“Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome” Alejandra Pizarnick.
“En invierno siempre muere un poeta”. Eso fue lo que dijo ella justo antes de que comenzara el invierno.
Ella se había ido y al día siguiente había comenzado a arreciar débilmente una suerte de escarcha sobre la ciudad.
Roberto se detenía observando los bultitos de nieve que se amontonaban en las esquinas del marco. La ciudad estaba blanca, enlutada, vacía. Cada rincón de la calle respiraba en silencio. Roberto, el poeta, venia pensando una manera elegante de hacerlo. Si, ya saben ustedes, ahí maneras grotescas y efectivas pero Roberto era poeta, quería algo original, elegante, exquisito. Quería hacerlo fulminante e indoloro, aunque le dolía hasta la coronilla.
Se había ido, ese era el meollo. Y dolía, claro. Y más con el frío que hacía. Roberto caminó hacia la cama destendida, las sabanas regadas simulaban montes de nieve. Sobre la mesa había un poema sin terminar:
Estoy empalando palabras al borde del cuaderno,
Entre las líneas esta tu silencio
Tus senos
Tus…
¿Como terminar ese poema si ella ya no estaba? Era inútil. Recordó entonces la noche en que ella descansaba desnuda sobre esa cama que ahora estaba vacía. Habían hecho el amor, ella siempre estaba triste después de hacerlo. —Te me asemejas a la noche. —le dijo Roberto mientras examinaba esa piel blanca.
—Estoy cansada— Contestó ella con una suerte de sonrisa que amenazaba con quebrarse.
—Cuando te vas todo comienza a oler a carne cruda, recién sacada de la nevera—apuntó Roberto mientras le pasaba una mano entre las rodillas.
—No seas ridículo— Se volteó hacia la pared dándole la espalda.
Roberto vio esos nudillos blancos que se marcaban en su espalda, esa vértebra violenta y deliciosa y quiso acercarse pero no pudo hacer otra cosa que quedarse sentado cavilando un estúpido poema mientras ella parecía llorar. Siempre se ponía triste después de hacerlo. Y ahora Roberto en esa misma posición no veía otra cosa que la cama vacía y el muro blanco donde antes estaban las vértebras y la piel pálida. Ahora todo olía a carne cruda.
Todo lo que tenia que hacer era buscar una manera elegante de hacerlo. En estos casos muchas veces corre sangre y es desagradable. Él quería algo digno. Caminaba por los corredores oscuros de la casa buscando algo pero cada rincón le arrojaba un murmullo, algún pedazo de perfume, una risita simple, algún jugueteo, algún coqueteo extraviado, aquí y allá estallaban los recuerdos inevitables.
Caminó a la sala. Una luz mortecina se arrastraba por las baldosas. Amarilla. Otra vez vino el recuerdo: la vio a ella desnuda en la baldosa fría, esa misma luz, que ahora chorreaba las baldosas, algunas noches atrás había devorado la piel blanca. —eres un atardecer que sueña— le dijo en aquella ocasión.
—hoy conocí a una mujer en el bar. Se llama Amanda— Respondió ella sin mirarlo, con la mirada incrustada en el techo.
—¿sabias que te amo? ¿Ya te dije a lo que huele cuando te vas?
—Estoy cansada Roberto.
—¡Amanda!... Tiene nombre de…
—¡cállate! Siempre tienes alguna manera especial de arruinarlo todo. Eres tan básico— todavía no lo miraba.
—Que esperabas mujer. Soy po...
—¡poeta! Esa es una manera especial de decir que no eres nadie— lo volteó a mirar entre cerrando los parpados. Simulando alguna especie de ira —Amanda, es arquitecta. Es rubia. Tiene 28 años… Me dijo que mi perfil era delirante.
—eres delirante.
—Estoy cansada... Hay una mosca en la ventana… Hace frío; pronto se va a acabar el otoño.
—me gusta el otoño.
—ten cuidado cariño. En invierno siempre muere un poeta. —se le escapó una risa burlona y se vistió. Roberto cerró los ojos y escuchó la puerta cerrarse y sus pasos bajando las escaleras.
Ella ya no estaba pero esa misma luz manchaba las baldosas solitarias, y era como si la estuviera escuchando respirar ahí mismo, a su lado. Afuera alguien bajó las escaleras y Roberto corrió a mirar quien era, con la ingenua esperanza de encontrarla a ella, pero afuera no había nada.
Ahora estaba sentado en la sala, pensando como hacerlo. Talvez ya no importaba la manera de hacerlo, no importaba si fuera ortodoxa, bestial, dolorosa, sangrienta, si involucrara sogas, cuchillos o lo que fuera. Tenia que hacerlo. Así que corrió al desván y sacó el viejo Smith & Wesson de su abuelo, lo desempolvó, lo cargó con tres balas que en ese momento consideró suficientes. Luego corrió al cuarto, se puso en frente del espejo, tomó el teléfono y la llamó.
—vuelve por favor.
—estoy cansada. ¿Por qué llamas a esta hora?
—todo huele a carne cruda. Quiero gritar. —Al fondo una voz dulce pedía que colgara el teléfono. —¿Estas con…?
—¡no te importa! —lo cortó de un solo alarido. —¿ahora resulta que necesitas mas que tu…?
—es que…
—Escúchame Roberto, no es un buen momento para…
—Adiós niña— y estalló dos tiros cerca de la bocina del teléfono. Una risa instintiva quiso escaparse pero la contuvo.
Ya lo había hecho. ¡Por fin había encontrado la manera de hacerlo! Ahora era solo cuestión de esperar para que ella volviera. Sabía que talvez no era la manera mas sincera de hacerlo pero ya no había reversa. Ya no había vuelta atrás.
Afuera la ciudad blanca reproducía los ecos roncos de los disparos. Roberto sudaba ansioso recostado en su cama. Esperando. Ella iba a volver y entonces ya no se iría. Entonce podría mirarla a los ojos y decirle que cuando ella no estaba todo olía a carne cruda.
Esperó hasta cuando la luz del día totió contra los cristales del cuarto. La noche solo había traído falsas alarmas, sonidos de tacones que hubieran podido ser pero que no fueron, rumores débiles pero nada. Nada. Ya había amanecido y no cantaban los pájaros. Caía la nieve ligera. “En invierno siempre muere un poeta” recordó. Aun le quedaba una bala en el tambor y afuera arreciaba la nieve y el silencio.
Jorge Andrade